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Lunes, 25 Septiembre 2017 18:25

Los milagros del futbol

Aquí hay de todo como en botica

En los últimos diez años, no existe jugador que haya decidido cometer la osadía de arrebatarles el trono. Son voraces, depredadores y descomunales futbolistas, pero por encima de todo, encomiables seres humanos.

"Ronaldo jugaba en los juveniles del Sporting de Lisboa, se lamentaba de sus regates cuando entrenaba con el primer equipo (“no debo hacerlo, ellos son mayores”) y vivía en una pensión; al entrar en el cuarto la puerta chocaba con el bidé. Cuando CR ve a su compañero de cuarto jugando con una consola le pregunta cuánto le costó. Era el tiempo en que Cristiano Ronaldo preguntaba por el precio de las cosas", Manuel Jabois; Nunca chega.

Tras la catástrofe de hace unos días, de la que muchos quisiéramos -pero no podemos- dejar de hablar, surgieron diversas historias. Algunas con final feliz y reales; y algunas, de las dos, no tanto.

Santiago tenía siete años y estudiaba en el colegio Enrique Rébsamen de la ciudad de México. Desde que tuvo conciencia, la misma que muchos extrañamos para sólo preocuparnos por las cosas que se preocupa un niño, su único sueño fue convertirse en futbolista. Pero no en cualquiera, sino uno en específico: Cristiano Ronaldo.

Santiago no pintaba las paredes e su casa. Su fascinación lo llevaba a cambiar los muros por playeras. Era Ronaldo, el 7, el que marcaría infinidad de goles durante cada recreo, para vencer al Barcelona y, en un futuro no muy lejano, compartir vestuario con su ídolo.

El sábado pasado, a través de una carta escrita por sus padres, las redes sociales conocieron la historia de Santiago. La misión era que la supiera el más importante: Cristiano.

Al día siguiente, sucedió lo que todos esperaban. En la imagen, el portugués sostiene una playera blanca, con el mismo nombre que Santiago se encargada de repetir en todos lados y una dedicatoria especial.

Santiago cumplió su sueño.

"Poco antes de disputar su primera final, Lionel Messi se quedó encerrado en un baño. El niño que no podía ser detenido por defensa alguno se enfrentó a una cerradura averiada. Faltaba poco para que comenzara el partido y Leo aporreaba la puerta sin que nadie lo escuchara. El trofeo de ese campeonato era el mejor del mundo: una bicicleta. Otros hubieran cedido a las lágrimas y la resignación, otros más habrían agradecido no tener que demostrar nada en el campo. El pequeño Leo rompió el cristal de la ventana y saltó hacia fuera. Llegó a la cancha con la seguridad de quien no puede ser detenido. Anotó tres goles en la final. El genio tenía su bicicleta", Juan Villoro; La fuerza de un niño

Aunque apenas tiene ocho años, la fuerza de Leo no la tiene nadie.

Como un titán, de esos que solamente aparecen en las películas y en los cómics, Leo sobrevivió al derrumbe de su escuela y fue rescatado de los escombros, doce horas después de la catástrofe.

 Y resulta imposible no pensar en lo que el otro Leo, el otro titán, hizo también para sobrevivir y cumplir sus sueños: romper el cristal de la ventana para ganar su bicicleta o inyectarse cada noche para ser futbolista.

"Hola, Leo. Bueno, quería mandarte un saludo grande y desearte toda la fuerza desde acá. Espero que te cuides mucho y lo mejor para vos. Mucha fuerza. Un beso grande. Chao."

Uno, de Rosario, el otro, de la ciudad de México. Uno, de la escuela del América; el otro, de la Masía de Barcelona. Entre 'Leos' se reconocen: los dos, niños; los dos, futbolistas; los dos, titanes.

"Hay quienes sostienen que el futbol no tiene nada que ver con la vida del hombre, con sus cosas más esenciales; desconozco cuánto sabe la gente de la vida, pero de algo estoy seguro: no saben nada de futbol", Eduardo Sacheri.

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