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Jueves, 17 Agosto 2017 13:22

La dulzura de las verdades anónimas

la popularización de la aplicación Sarahah

Considero que a la humanidad le falta valor para enfrentar sus miedos, fobias, deseos y, por sobre todo, la verdad. Muchos se acostumbran a escuchar y leer opiniones sobre ellos porque forman parte de alguna vía de comunicación pública, ya sea en la prensa, como influencer, en la industria del entretenimiento o la política. A decir verdad, las redes sociales han ayudado a perder el pánico escénico y a moderar el verdadero valor de las dictámenes que la comunidad, en cualquiera de sus niveles, pueda colgarnos habiendo o no provocación alguna de por medio.

Sin embargo, me causa curiosidad la popularización de la aplicación Sarahah, que se trata básicamente de una plataforma en la que las personas pueden dejarte “críticas constructivas”, pero más que querer saber lo que la gente piensa de mí, tengo interés por la reacción que los usuarios tienen sobre los comentarios anónimos que reciben.

Explico aquí mi punto: supuestamente no queremos saber lo que la gente opina de nosotros porque “no debe de importarnos”, pero en cuanto podemos hacerlo de manera segura, controlada y voluntaria, se vuelve una tendencia a nivel global. Irónico, ¿no?

Y esta ironía se parte en tres vías.

La primera es la vía de todos aquellos que tienen una opinión reservada sobre alguien, que nunca se atreverían a exponerle. Pensaríamos que por lo menos las palabras de nuestro círculo social más cercano debería reflejar la visión convenida de una muestra significativa de nuestro entorno, pero parece ser que nunca terminaremos de saber lo que la gente quiere decir sobre nosotros.

La segunda es que a pesar de lo que podamos decir para negarlo, deseamos profundamente conocer sus opiniones; en este caso, es incluso ventajoso para el receptor que la comunicación de estas sea de manera anónima, pues así no tiene que ponerle una emoción relacionada con una identidad real, es decir, no hay manera de tomárselo personal, lo que pude proteger en cierta medida nuestras relaciones humanas.

Y la tercera es la construcción de un espacio de expresión que se convierte, como en montones de casos, en un facilitador para el ciberacoso.

Sabemos perfectamente que el arte de trollear se fortalece detrás de las pantallas, se alimenta de la indignación masiva y se agiganta con la hiperconectividad, por eso, cada movimiento que hacemos en redes sociales viene acompañado de una secreción instantánea de adrenalina y la planeación de un mecanismo de defensa ante el surgimiento de una posible reacción hostil ante el mensaje que enviamos. Por ejemplo, un Tuit de Donald Trump atacando a la cadena de noticias CNN, va a traer consigo una cascada de respuestas a favor y en contra; Donnie se va a sentar a observar deseoso su celular esperando que la comarca se exprese, mientras prepara su siguiente mensaje de contraataque.

Lo primero que debemos saber es que publicando cualquier contenido estamos exponiéndonos a que la máquina 2.0 arranque en la dirección opuesta a lo que estimamos, y que es muy posible que nuestro propio tren del mame se nos estampe en la jeta en el momento menos deseado, bajo esta premisa me cuestiono, qué tanta validez puede tener el concepto de ciberacoso cuando las conductas antisociales digitales tienen un nivel de normalización que ni el escritor de novelas de terror más agudo pudo haberse imaginado.

Ni justifico ni minimizo. En alguna ocasión por exponer mis ínfulas de feminazi en una conversación abierta sobre acoso femenino, me hice de un stalker cibernético por el que tuve que poner todas mis cuentas en privado y dejar de aceptar solicitudes de amistad. La situación llegó a un punto en el que por más que me lo imaginaba como un tipo obeso lleno de granos que a los 40 años sigue metido en la casa de su mamá comiendo sabritones y viendo pornografía todo el día, llegué a considerarlo amenazante.

En varias notas sobre el fenómeno de la aplicación Sarahah encuentro como líneas coincidentes que la aplicación creada para fines de “comunicación honesta”, se torna agresiva, incluso algunos afirman que hasta los ciberrateros la usan para obtener bitcoins a cambio de develar la identidad de quienes han escrito sus críticas en la plataforma, lo cual, bueno, pues arruina toda la diversión…por decirlo de alguna manera.

Creo que si estás siendo víctima de acoso a través de una plataforma que se creó para que no sepas de dónde vienen los comentarios que recibes, lo que tienes que hacer es recordar que todos son idiotas hasta que demuestren lo contrario, y cerrar ALV esa cuenta, puesto que de sobra sabemos que el ser humano se dejará seducir por la perversión, mucho más si no tiene repercusiones. Recordemos el caso de la instalación artística de Marina Abramović, si no saben quién es, echen una Googleada para que terminen de darme la razón.

Y bueno, les dejo mi usuario amarantalks.Sarahah.com que abrí hace unos minutos y en la que he recibido tan sólo un mensaje:

“Sé mi cougar, es mi fantasía desde que te conocí”

¿Pues cuántos años crees que tengo? La respuesta es: obviamente SÍ.

Información adicional

  • twitter: @Amarantalks
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