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Lunes, 12 Febrero 2018 21:28

VII renuncias

  • twitter: @bolufomarcelo

El nudo en la garganta, la chilladera y el adiós

La primera vez que le cobré a un alumno por jugar, me pasé la noche enroscado en la cama y llorando de rabia. No podía creer que había traicionado la integridad que tanto me predicó mi padre; que había deshonrado la ética y respeto propios de un entrenador que tanto me enseñó el Profe Sebastián (mi mentor, y de quien ya les hablaré en otra ocasión); y que había desperdiciado la oportunidad de sacarle más dinero al pinche escuincle ese, cuando me enteré que era hijo de un senador, diputado (o sepa la chingada qué, pero uno de esos sátrapas que tanto abundan por ahí), que andaba lanzándose para gobernador.

Cuando recuperé la calma y con la frente muy en alto, pero sin devolver un solo peso (arrepentido, pero no pendejo), presenté mi renuncia a la escuela donde daba clases y a la que había llegado recomendado por el entrenador anterior, el Maestro Venegas, a quien le habían ofrecido una plaza en una universidad del gabacho, con departamento pagado para él y su familia, y con una oferta económica irrechazable, según Armendia, el Bigotes, director del colegio y mi nuevo jefe.

Me voy tranquilo, Bolufo, porque sé que el nombre de la escuela, el prestigio del equipo y el futuro de los niños se quedan en buenas manos, me dijo el mamador de Venegas. Y yo le respondí con un abrazo y una sonrisa sincera, sabedor que me había llegado la oportunidad que tanto había deseado, que mis esfuerzos no habían sido en vano y que por fin, después de tanto tiempo, llegaban los frutos de tanto sacrificio: estrenar mi título de director técnico que llevaba años empolvado; entrenar en canchas decentes y no en campos minados, con piedras gigantes al lado de las porterías; jugar con balones originales y ante rivales dignos; disponer de un armario lleno de maletas, conos, aros, zapatos y casacas de diferentes colores; viajar a los partidos en un autobús propio y no andar pidiendo aventones; comer a mis horas y no llegar al campo con la panza vacía; saber lo que era un botiquín decente y no sólo una bolsa negra con cloruro de etilo y curitas; el aire limpio de una oficina como Dios manda y con un pizarrón gigante, lleno de plumones y fichas que se pegaban como imanes; cobrar bien y a tiempo, por supuesto; y, por qué no, enredarme con la mamá de algún alumno. Sí, era la tierra prometida; sí, los sueños se cumplen.

Sin embargo, a la hora de la verdad, la verdad verdadera, me encontré con serios problemas. Para empezar, maestros que, además de ser un nido de víboras y tirarme cuanta mierda podían con el Bigotes, trataban al futbol como la peste. Hacían juntas con padres de familia, juntas a las que, evidentemente, yo no era requerido, y calificaban mi trabajo como un distractor para los alumnos (‘el opio del pueblo’, ya saben). Después, los alumnos, que con el pretexto de la edad o ‘porque ellos pagaban’, así decían, se pasaban mi autoridad por los huevos. O también que, para cada partido o viaje, había que hacer un sinfín de trámites y solicitar permisos a la corte celestial (la Asociación de Padres de Familia), que no paraba de hacerme gestos y hacerme sentir como arrimado, pidiéndome comprobante de cada peso y centavo, aunque estos salieran de mi bolsillo. A eso, súmenle que, por cubrir pocas horas, mi sueldo estaba sujeto a objetivos. Y para terminar, menos contaba con que el papá del chamaco este me llegaría con un fajo de billetes, así nomás, como si fuera lo más normal del mundo. Que sí lo es, pues, pero a estos cabrones, de tanta práctica, se les termina por olvidar el tacto y la discreción.

No, señor, pues qué me cree; aunque sea me lo hubiera traído en una cajita de zapatos, le dije, al mismo tiempo que me guardaba el rollito de papeles y el orgullo. Es que ando en campaña, me respondió. Y fue ahí cuando se me hizo el nudo en la garganta.

No era la primera ocasión que me pasaba en la vida (lo del nudo en la garganta, la chilladera y la renuncia), pero sí la primera en esto del futbol. Eso sí, por curioso que parezca, siempre me llegan las tres juntas. Son como la Santísima Trinidad, tal vez por eso es que tengo tan presentes sus apariciones. La última había sido, más o menos, cuando tenía quince años. Me había enamorado de Marisol, una compañera del salón. Nunca pasó a más porque, básicamente, la única vez que hablamos de nosotros, se encargó de restregarme que andaba con un fulano quesque de mucho varo y, encima de todo, universitario. Ya sabe lo que quiere, me dijo. Yo también sé lo que quiere, le dije. ¿Cómo?, me dijo. Nada, pues, le dije, mientras me amarré las ganas de hacer el ridículo frente a ella. Por noches, me encerré a chillar y a escribir los peores versos de la poesía mexicana. El drama me duró un par de semanas, hasta que encontré una forma más placentera de ensuciar mis sábanas que con lágrimas. Tiempo después, Mónica se embarazó, se casó y se divorció. De vez en cuando, me habla por teléfono; algunas veces, para reclamarme que no le advertí lo que podría pasarle; otras, para decirme que, entonces, no la había querido tanto; y otras tantas, para preguntarme por qué no insistí.        

Hay renuncias que duelen, pero que son necesarias; hay renuncias que te hacen recordar que los sueños se cumplen, pero que son sueños y por eso deben terminar; y también hay renuncias que sirven para demostrar que no hace falta estar, para seguir ahí.