Martes, 10 Julio 2018 11:27

Angustias

  • twitter: @Donkbitos

Luka Modric se encuentra en esa zona límite de felicidad, y no por ello de menor peligro, donde la ilusión de ser reconocido como el Mejor Jugador del mundo sólo puede ser superada por la magia que el croata acostumbra dibujar en el campo

A finales de los setentas, después de cumplir con las labores diplomáticas en turno como cónsul en Puerto Rico, Hugo Gutiérrez Vega regresó a México para reunirse con Carlos Monsiváis y Sergio Pitol en un conocido restaurante de la capital, de nombre Bellinghausen, al que acudían cada vez que la vida y las obligaciones se los permitía. Aquella ocasión, a media cátedra de Gutiérrez Vega sobre literatura rumana, Pitol se quedó sin habla: a lo lejos, sin perderle la mirada ni un instante y con una felicidad rebosante, un anciano lo saluda de manera efusiva. ¿Quién es?, se pregunta Pitol; y por más que lo intenta, no logra recordarlo. La zozobra que precede a esa inminente vergüenza de saludar como si nada y como si todo a quien no se conoce, y que te sonríe maravillado, se apodera insufriblemente de él.

De pronto, ante el alivio de Pitol y de sus acompañantes, testigos y cómplices del incómodo momento, el viejo pasa de largo y, entre aplausos y fanfarrias, se entrega a los brazos de los comensales sentados en la mesa de atrás.

"Devoramos el postre y bebimos el café de prisa, como si quisiéramos escapar de aquella figura que teníamos tan cerca... En fin, son las angustias a las que uno debe acostumbrarse al llegar a cierta edad."

En el futbol contemporáneo al reinado de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, diversos futbolistas han irrumpido de manera anárquica con recitales fantásticos. Sin embargo, por vivir en constante lejanía con la parafernalia y las excentricidades que demandan los galardones individuales, deben conformarse con el eco de los elogios y los aplausos ajenos; los reconocimientos de aquellos que los vieron hacer todo, pero que carecen de esa voz y ese voto, en muchas ocasiones, tan decisivos como absurdos. Le sucedió a Xavi Hernández, Wesley Sneijder, Andrés Iniesta, Arjen Robben, entre otros. Y desde hace algunos años, al maravilloso Luka Modric.

Luka es el jugador absoluto del Real Madrid que domina la Copa de Europa, el torneo más importante del orbe a nivel de clubes; y, también, el de la entrañable Croacia, selección que, sin un ápice de miedo, logró clasificarse en las semifinales de la Copa del Mundo. En el estricto sentido de la palabra, Modric domina cada uno de los registros del futbol actual. Lo hace en la Liga de España, lo hace en la Champions, y lo hace hoy en Rusia, donde las miradas le procuran mayor atención y reconocimiento, y hasta un poco de cariño, porque su camiseta no es absolutamente blanca.

Lukita -como lo llaman los íntimos y osamos decirle los extraños- se encuentra en esa zona límite de absoluta felicidad, y no por ello de menor peligro, donde la ilusión de ser reconocido como el Mejor Jugador del mundo es más probable que posible; una ilusión que sólo puede ser superada por la magia que el croata acostumbra dibujar en el campo.

Modric, introvertido como siempre, aguarda en una especie de Bellinghausen moscovita. A unos pasos, y desde hace algunos años, un anciano, de ropaje dorado, le mira y le sonríe mientras camina hacia él. Luka no sabe si levantarse de la mesa y correr a sus brazos, o seguir jugando a la pelota como en el patio de su casa. ¿Pasará de largo?

La pregunta nos la hacemos todos. Son las angustias a las que uno debe acostumbrarse al llegar a cierta edad.

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