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Jueves, 10 Mayo 2018 00:43

Tiempos de desplazados

  • twitter: @Olmosarcos
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329 mil víctimas de desplazamiento interno forzado en México… ¿Cuántas madres sin sus hijos, cuántos hijos sin sus madres?

Conocí a María, era madre de una pequeña de apenas seis años. María, como he decidido llamarle a su historia anónima, es hija de un conocido doctor de una de las ciudades más prósperas de la Reforma Energética, cuya prometida prosperidad llegó, pero solo para quienes se dedicaban a la delincuencia organizada.

Una tarde, el hermano de María salió de casa a realizar sus actividades cotidianas, pero no regresó. Tras la angustia, la preocupación y el macabro juego de la imaginación, apareció en la esquina de su casa, asustado, herido, alterado y gritando. Habían intentado secuestrarlo. Tras las amenazas al gremio de su padre, la ausencia de la autoridad y la violencia vertida por quienes se aprovechan de la vulnerabilidad, la familia no lo dudó, tomaron una maleta con algunas cosas y huyeron con un destino incierto, recalando en Puebla.

Su historia, se une a un mapa terrible de personas que han dejado sus hogares y tienen sus testigos. Viven alrededor de mí, de ti, de todos.

La historia de María y su pequeña hija, es una más de las historias sobre los efectos de la violencia y como los mexicanos hemos pasado de contarlo a lo lejos a ser testigos de la tragedia en primera persona. Es una de las historias enclavadas en esta realidad violenta que se ha documentado entre 2006 a 2017 y que no tiene final a la vista.  

En estos once años, la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos documentó que el desplazamiento originado por la violencia toca en mayor medida a sectores indígenas o en pobreza extrema, aunque también lacera a clases medias y altas sin medir condiciones sociales, no respeta estrato, ingresos, profesión, se enmarca en decisiones tomadas para huir del riesgo que corre la vida, para salvar lo mínimo, para no padecer, aunque se sufre.

María, rehízo su vida, su pequeña de 6 años ya tiene 10, tiene otro hijo, un hermoso bebé, y nunca deja de hablar de los amigos, la casa y todo lo que abandonó.

Ha decidido no ver atrás, no regresar, ya no dar la vuelta. Su vida desde un balcón la ha levado a buscar un modo honesto de vivir en un perfil bajo.

Entrar a casa es mirar por el corredor, cerciorarse de que nadie los siguió, temer por una camioneta negra estacionada enfrente de su garaje.

Para ellos no hay oportunidad de marcha por la paz, de una visita oportuna, de un domingo familiar, del beso de la abuela, la risa de los primos, el cuarto y su vista al patio donde asaban carne de vez en cuando como cualquier familia y se pasaba el tiempo oyendo el mar solllozar.

La historia de María, se une a la de Ernesto o Karina, la de Ricardo, la de Juan o la de Antonio, jóvenes de entre 20 y 35 años, que se atienen a vivir en esta realidad, que no imaginaron, que no previeron, lo que una tarde les llegó y tuvieron que aceptar.

María me pide omitir su nombre y yo asiento con la cabeza. Me pide no mostrar la foto junto a sus hijos. María me pide (y yo accedo a) contar su historia sin ponerle un rostro, porque María le teme a todo desde su soledad.

 

 

A mí madre y mis abuelas, estrellas al amanecer.