Lunes, 09 Julio 2018 01:24

Puebla I: Generadores de odio

  • twitter: @Olmosarcos_

Una sociedad donde los actores atizan el fuego

Se hacen esfuerzos inconmensurables entre un amplio sector de los medios de comunicación y los colectivos ciudadanos para lanzar una condena enérgica sobre la violencia en cualquiera de sus tipos, en contra de cualquiera de los actores y en el tono en el que se haya visto.

El esfuerzo es gigante dadas las condiciones de odio generalizado que encarna la polarización existente en Puebla. El reto ha sido clarificar que, nunca será a través del puño el camino hacia la obtención de justicia, contando la historia de todas las partes en cuestión, sus razones y los hechos sin tinte político o ideológico.

Y ha sido aún más complicado, porque existe una idea enraizada de que las elecciones se desarrollaron en condiciones de injusticia e iniquidad y que pese a que han sido ampliamente documentada en la prensa democrática, permanece el enojo de quienes se sienten víctimas.

Escenas como las vistas el fin de semana de la jornada electoral con grupos de choque armados que intentaron inhibir la participación de los votantes, y luego, las veces de revancha por lo ocurrido en el Hotel MM, recrean un mapa reprobable de insensatez, si bien política, también humana.

También debemos insistir en que el odio no ha sido producto de la generación espontánea, se ha ido atizando el fuego con mensajes incorrectos, con mucha irresponsabilidad y la fuego ha ido calentando hasta convertirse en incendio.

En este sentido, la polarización se ha vertido en todos los caudales y ya domina la escena pública en cafés, restaurantes, conversaciones con quienes ofrecen servicios, entre familias y por supuesto las redes sociales. La virulencia de la condena al que ‘no opina como tú’, se esparce en el ambiente y hace recordar episodios dentro de la vida pública de esta entidad, como el aquel proceso electoral 2010-2011, que sigue fresco en la memoria de muchos.

Sin embargo, la violencia que hemos vivido los últimos 10 días, no es un simple reducto de la confrontación de los últimos tres meses de campañas políticas. Entre los factores, claro que aparece la herencia de otras generaciones de poblanos que acudieron a las calles, que se manifestaron en las urnas, pero también vemos que grandes sectores de la población han ido recibiendo señales de quienes han sembrado el odio al amparo de su poder y no se detienen a ver el resultado.

En la Puebla que hemos visto desde el proceso electoral 2016, se ha vuelto a repetir la historia. Como ocurrió con Blanca Alcalá, en la actualidad, Martha Erika Alonso ha sido víctima de las ofensas de peor entraña, con la misma saña con que se ofende a Nancy de la Sierra, por citar un ejemplo plural. Al mismo tiempo, hemos visto una ofensiva desde el sector frentista para exterminar reputaciones, contra el honor, el decoro y con manipulación como bandera.  

Vemos en escena a, prácticamente, los mismos actores que aspiraron a algún cargo en otros periodos oscuros de la vida pública local y no demuestran haber aprendido nada sobre la legalidad y la tolerancia.

Quienes se han dedicado a verter el odio en el río, se niegan a beber la misma agua. Llegada la época de cosecha se niegan a ver lo que han sembrado.

Por el poder, con desfachatez se atreven a ofender la memoria de los muertos, de los que perdieron la voz en un feminicidio. Atacan sin empacho a la madre de un menor fallecido en medio de una reyerta social y luego respaldan el acoso y las intimidaciones de las que es presa. Criminalizan a una joven asesinada a manos de un psicópata y ultrajan su memoria. Cuando surge una amenaza a su poder fáctico le escarban hasta hallar la forma de menoscabar una imagen, una trayectoria, mientras se regodean en fotografías y videos de su ‘cercanía al poder’.

Por otro lado, en todos los bandos hay políticos que confunden la valentía con bravuconería, el arrojo con la violencia. Hay opinadores, coordinadores de campaña, voceros, dirigentes de partidos políticos que abuchea, denigran y ofenden a diestra y siniestra, sin que se les denuncie o se les señale. Su actuación se insrta en el mar de impunidad y aunque se sepa que han sido completamente irresponsables, nadie dice nada.

Nada enerva más a la sociedad que el uso faccioso del Estado para oprimir, para perseguir, para acosar y más aún que ese poder, otorgado para generar mejores condiciones de vida, sea usado para destruir. Es ahí donde se inician cadenas de odio, que no han podido encontrar su final.

La ira ha sido sembrada, su semilla ha reverdecido, y ahora, quienes la pusieron bajo la tierra, se niegan a probar los frutos obtenidos. No se ha concientizado en el tema, nadie ha intervenido para mediar entre tanta vorágine. No existe un actor público que quiera frenar esta barbarie. No cabe la prudencia. Seguimos y seguiremos viendo sin freno hordas furiosas enfocadas en denostar todo aquello que contravenga sus intereses.  

Y vienen a la mente palabras de François de La Rochefoucauld: ‘Cuando nuestro odio es demasiado profundo, nos coloca por debajo de aquellos a quienes odiamos’. Hoy los actores públicos se están hundiendo y ya naufraga el poco capital político que podrían rescatar de tanta división. Y también aparecen por debajo de una sociedad que ha mandado un mensaje claro en las urnas: el que se equivoque se debe ir.

 

 

Jesús Olmos Arcos

 

 

http://www.sinembargo.mx/02-04-2016/1642374

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