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Martes, 06 Marzo 2018 07:38

De rajones, fantasmas, insípidos y el fin del PRIAN

  • twitter: @Alvaro_Rmz_V

Termómetro de contraste de opciones

En la guerra con tintes mediáticos, jurídicos y políticos entre el candidato de Por México al Frente (PAN-PRD-MC), el panista Ricardo Anaya Cortés, contra la administración del presidente Enrique Peña Nieto y el abanderado de Todos por México (PRI-PVEM-Panal), José Antonio Meade Kuribreña, queda la percepción de que los dos bandos tienen retazos de verdad y que el resultado final de este rabioso combate terminará afectándole a ambos, en beneficio del tricandidato presidencial de “izquierda”, Andrés Manuel López Obrador.

En todo esto subyace una buena nueva: finalmente pareciera haberse roto, sin posibilidad de sanación en el corto plazo, la aviesa y larga (de más de tres décadas) sociedad política, de “concetacesiones”, por momentos también legislativa y electoral, de priístas y albiazules, el llamado PRIAN.

¿Se está dando un uso faccioso a las instituciones para perseguir al novel queretano, desprestigiarlo, menguarlo y bajarlo del segundo sitio de las preferencias electorales? Por supuesto que sí. Así se deduce con sólo echar una mirada rápida a los acontecimientos.

¿El ex presidente de Acción Nacional (AN) tiene cola que le pisen; hay algo muy sospechoso e inexplicable en que en dos años haya logrado ganancias de más de cuatro veces de lo que pagó por una nave industrial; que hay indicios de participó en la triangulación para el “lavado” de más de 50 millones de pesos; que se victimiza sollozante buscando simpatías sentimentales, más otros pecados?

Absolutamente sí y sí. De otro modo, ya sus abogados, con el experimentado y mañosísimo Diego Fernández de Cevallos Ramos a la cabeza, ya hubieran tumbado de un plumazo las acusaciones en las que es indiciado, pero no imputado.
El PRI-gobierno no lo quiere en la cárcel como mártir político, en calidad de héroe, sino que solamente busca ensuciarlo y debilitarlo, desbancarlo del segundo sitio, dejarlo tan herido que no pueda levantarse de la lona y anularlo políticamente como competidor para el 1 de julio. Y no va mal.

Hay una delatada simpatía por el queretano en quienes ven similitudes entre la persecución contra Anaya, quien no ha explicado muchos de los cabos sueltos que lo persiguen, y el desafuero de Andrés Manuel López Obrador, entre 2004 y 2005, para inhabilitarlo como candidato presidencial, lo que terminó por fortalecer y catapultar al tabasqueño.

Además, no hay comparación entre desobedecer a un juez y construir el camino a un hospital, aunque haya sido privado, que jinetear dinero obtenido de quién sabe donde, con la sospecha de que es público, para beneficio personal.

Este lunes, el candidato de la alianza que encabeza el PRI, José Antonio Meade, se entusiasmó, dejó su gris y anodino estilo, para tildar de “rajón” a Anaya, luego de exigirle que explique el origen de su fortuna, además de llamarlo a asumir la responsabilidad de sus actos.

Ya entrado en calor, crecido de súbito, el moderado José Antonio se le fue a Andrés Manuel López Obrador, comenzando así lo que se veía venir, que el que sigue en la lista de los ataques del PRI-gobierno es el serrano.

A él lo calificó, con ingenio eso sí, de ser un “fantasma fiscal”, y le demandó que explique “cómo ha vivido… cómo ha mantenido su familia… cómo se le hace para tener una participación pública y privada sobre la base de manejarse en efectivo, sin tarjetas de crédito, sin cuentas de cheques, para manejarse en términos fiscales como un fantasma”.

El mesurado Meade se convirtió este lunes en una fiera, al menos declarativamente, lo que le va muy bien y muy a tiempo, si es que el oxígeno y los adjetivos le alcanzan para lo que resta del camino, sobre todo en la campaña constitucional que comenzará el 30 de marzo.

En toda esta, que algunos llaman “guerra de lodo”, hay una ganancia, riesgosa e impura, pero al final ganancia para la democracia, pues entre acusaciones, adjetivos y evidencias del carácter y temple de cada candidato, finalmente los ciudadanos tenemos un termómetro de contraste de opciones.

Puede ser sucia y dolorosa, pero así son las democracias incipientes, como la nuestra.

Álvaro Ramírez Velasco