Palabras clave: machismo, vejez, salud, dignidad.
Soy un hombre de más de 50 años y empiezo a sentir las inevitables consecuencias del envejecimiento. En general, me considero una persona sana, aunque ya empiezo a vivir uno que otro susto derivado de la edad y el estilo de vida moderno, indefectiblemente condicionado por el consumo de alimentos altamente industrializados, la falta de movilidad en momentos clave y excesos propios de la juventud extendidos de vez en cuando en la madurez. Pese a todo, reafirmo, no enfrento problemas de salud graves y desde hace un par de años, procuro llevar una dieta más saludable y realizar ejercicio constante.
Pero, así y todo, la decrepitud se instala, lo queramos o no. El cuerpo ya no es el mismo y la mente tampoco; se es más sabio, supuestamente, pero también existe el riesgo de que con el tiempo te vuelvas más conservador e intolerante y, por consiguiente, profundamente irracional. Lo dicho, todos vamos para allá, pero ¿viviremos nuestra vejez de la misma manera? Por supuesto que no y mucho dependerá, entre otras cosas, de qué tan machos seamos. Como bien se señala en el reportaje “El machismo acorta la vida de los hombres en las Américas”, publicado en el portal de La Red Latinoamericana de Gerontología, el “informe ‘Masculinidades y salud en la región de las Américas’ destaca que las expectativas sociales de los hombres para ser proveedores de sus familias, participar en conductas de riesgo, ser sexualmente dominantes y evitar discutir sus emociones o buscar ayuda psicológica, comportamientos comúnmente conocidos como ‘masculinidad tóxica’, contribuyen a tasas más altas de suicidio, homicidio, adicciones y accidentes de tránsito, así como de enfermedades no transmisibles”. En efecto, nos cuesta trabajo envejecer precisamente por todos los estereotipos relacionados con la forma en que fuimos educados. “A partir de los 50 años -continúa el reportaje-, las enfermedades crónicas no transmisibles comienzan a afectar desproporcionadamente a los hombres, que tienen menos probabilidades de cuidarse a sí mismos o buscar atención médica temprano. (…) Como resultado, si bien hay más niños que niñas nacidos en el mundo, en torno a 105 niños por cada 100 niñas, este número comienza a invertirse entre las edades de 30 y 40, y a la edad de 80, hay 190 mujeres por cada 100 hombres, dado que los hombres mueren a edades más tempranas”. Todo esto está sustentado en estudios diversos, además del citado, que pueden ser consultados en la red; no es producto de la especulación, ni del capricho de quien escribe esto. Lo veremos más adelante.
Es un hecho que las mujeres se ven afectadas de peor manera que los varones por cuestiones físicas relacionadas con su fisonomía, pero también, de forma más trágica, por su género. En efecto, el patriarcado ha generado condiciones desiguales entre hombres y mujeres, como por ejemplo, la creencia de que los hombres envejecen mejor que ellas; esto tiene que ver con que socialmente es más aceptable la decrepitud masculina que la femenina. Recordemos el concepto de “sugar daddy”, hombre que aunque viejo, tiene suficientes recursos para hacerse de una mujer más joven que se interesa por él no sólo porque tenga recursos para mantenerla y cumplirle sus caprichos, sino porque quizá le parezca mucho más interesante que un jovenzuelo. Este fenómeno difícilmente se ve entre las mujeres.
Pero, el “sugar daddy” tampoco es tan frecuente como sueñan muchos machirrines. La realidad es que tenemos una enorme cantidad de hombres que han envejecido mal pues no se han cuidado, no han acudido con frecuencia al médico y siguen realizando actividades riesgosas. Además, como está ocurriendo en todo el mundo, México también tiende a tener sociedades cada vez más viejas y esto tiene consecuencias sociales importantes. Según nos dice Paola Aldrete González (2009) en su ponencia “Una mirada a los significados del envejecimiento. Desde hombres y mujeres Adultos Mayores: el caso de la ZMG México” publicada en las memorias del XXVII Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología. VIII Jornadas de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, “Ham-Chade, Palma, Torres, e Ybañez (2002) consideran que en América Latina el crecimiento de los adultos mayores será sustancial en las próximas décadas. Calculan que pasaremos del 8 % de personas mayores de 60 años en el año 2000 al 22.6% en el 2050. Esta situación es preocupante ya que en países más desarrollados como Europa este incremento en la población mayor tomó dos siglos, en el contexto latinoamericano se alcanzará en solo cincuenta años”. Es una realidad que se antoja irreversible y por lo mismo, urge que abordemos la manera en que nuestra sociedad comprende y vive la vejez, en especial los varones. La vejez es un proceso natural y de ninguna manera debemos avergonzarnos de ella. Acudir al médico, a terapia, pedir consejo a especialistas en nutrición y hacer ejercicio no significa debilidad; por el contrario, implica valor y fortaleza para permanecer más con nuestros seres queridos y tratar de evitarles, en la medida de lo posible, situaciones incómodas y dramáticas. De igual manera, hay que aceptar que los sentidos y los reflejos se van atrofiando con la edad y ya no somos los “Checo Pérez” que creíamos, así es que, hay que bajarle a la velocidad. En resumidas cuentas, es tiempo de reconocer cómo afecta el machismo en la vejez y combatirlo a como dé lugar.