Parabolica.MX escribe Fernando Maldonado
El libro “Ni venganza ni perdón” de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez adolece de calidad literaria, sin duda; el lenguaje es bastante elemental, básico y sin ritmo. Pero abunda en un conjunto de medias verdades o mentiras a medias que ofende a los sectarios del movimiento que dio origen el partido dominante por una diversidad de motivos.
Ofende que en reiteradas ocasiones salga a relucir el patrón de conducta de la forma en la que fue integrado el equipo de trabajo presidencial que acompañó la gestión del ex presidente Andrés Manuel López Obrador de 2018 a 2024 que establecía como requisito el 90 por ciento de lealtad y 10 por ciento de capacidad. Meritocracia pura, pues.
En una clase incapaz de asumir debilidades intelectuales, técnicas o administrativas para realizar tareas complejas desde la perspectiva de la función pública que exige capacidad organizativa, se entiende que la pancarta y la consigna callejera ya no es suficiente.
Y es curioso porque en medio de esa batalla declarativa, línea dura de Morena pretenda la crucifixión de los autores del libro y, por el contrario, los críticos de la 4T pretendan su glorificación, aún con la pobreza estética y literaria de sus casi 320 páginas.
Un dato que revela el celo por preservar un legado como el de López Obrador que aún está lejos de ocupar el espacio que le corresponde en la historia de México, existe un marcado desinterés de la crítica política por el caso que envuelve la figura del ex gobernador de Puebla, Manuel Bartlett Díaz, el dinosaurio que trascendió del más rancio priismo al lópezobradorismo.
Cuenta Scherer Ibarra a Fernández Menéndez que el empecinamiento del ex secretario de Educación con Carlos Salinas de Gortari -todo pasaje de la vida pública de Bartlett está llena de ironías-, ya como director de Comisión Federal de Electricidad costó a las finanzas públicas el pago de una sanción de 300 millones de dólares, unos 6 mil millones de pesos de la época.
Cuando la ideología confronta con la realidad actuante, se tiene que asumir que la factura vendrá tarde que temprano. Nombrado Consejero Jurídico, supo el momento en que López Obrador se inclinaría por un personaje como Bartlett para un cargo eminentemente técnico.
“En la Comisión Federal de Electricidad dijo (AMLO) que iba a nombrar a Manuel Bartlett. Todo parecía normal, salvo por esa designación. Bartlett había sido secretario de Gobernación, gobernador de Puebla y antes director de Investigaciones Políticas. Y ahora lo iba a colocar al frente de la Comisión Federal de Electricidad, un puesto totalmente técnico. La verdad es que llamaba mucho la atención. Muchísimo. Todos nos preguntábamos qué iba a hacer el licenciado Bartlett”.
Lo que hizo fue oponerse a la construcción de una nueva etapa en la planta generadora de Chicoasén, en Chiapas. Lo hizo, aun sabiendo de la existencia de un arbitraje que favorecía a la empresa privada responsable del proyecto. Se opuso en forma rotunda bajo un argumento ideológico que colocaba a la inversión privada como el eje del mal que acechaba primero al país y luego de América Latina.
Cuando el consejero jurídico informó al presidente López Obrador, la respuesta fue digna de ser recordada: Déjalo, dijo.
“Y lo dejé. Finalmente, en el arbitraje perdimos los 300 millones de dólares que tuvo que pagar el Gobierno y, además, se perdieron muchas inversiones”.
Nadie ha contravino ese episodio, a nadie importó porque el Bartlett de López Obrador no es el personaje que se asumió químicamente puro, como los ofendidos y sus egos por las medias verdades que se cuentan en “Ni venganza ni perdón”.
@FerMaldonadoMX