Historia de unos días escribe Alejandro Páez Varela
"Una Presidenta en un mundo extremo. Somos vecinos de una fuerza que, pudiendo hacer el bien, ha decidido hacer el mal".
Uno
Dos (o más) personalidades armonizan en la Presidenta de México, y en ellas descansa gran parte de su éxito hasta hoy. La Claudia Sheinbaum técnica resuelve problemas y da certidumbre cuando, por ejemplo, se trata de lidiar con Donald Trump. La otra creció en una familia de izquierda, abrevó de líderes sociales que dieron su vida a distintas causas (o a una: los más necesitados), y es su conciencia: le da instinto, le permite entenderse con una multitud que reclama algo.
Al mismo tiempo, esa combinación de ambas personalidades es la que mantiene alta su popularidad, que no viene de los adultos mayores exclusivamente, como se intenta decir, por los programas sociales; de hecho se alimentan mucho de los más jóvenes (encuesta Enkoll de marzo); que tampoco se fortalece sólo con las preferencias de los que menos estudios tienen, como suele mencionarse con mucha ligereza: suma muchos puntos entre los que tienen postgrado, según los más diversos estudios de opinión pública.
Entender sin regateos ambas personalidades en la Presidenta daría herramientas a sus opositores, pero eso pasa por reconocerle algo. Y no, los núcleos de oposición en México –desde los medios hasta los personajes creados en redes– no le reconocerán algo. Prefieren menospreciarla porque es un reto intelectual menor y eso opera para bien de ella, porque el denuesto crudo y sin filtros (como el de la asquerosa red X) provoca odio y distorsiones y nunca funciona como insumo para generar estrategias respetables.
Las dos personalidades armonizan, dije. Así lo creo. La científica la hace ver respetable ante los inversionistas nacionales y extranjeros (es apenas un ejemplo); le da serenidad para planes A, B y C y para proyectar variables y consecuencias de cada uno de ellos, mientras que su “yo político” entiende que “sin en pueblo nada” y domina su agenda cada mañana y los fines de semana. Algunos preferirán la que abraza gente y lanza consignas necesarias sobre la soberanía y la independencia, y otros a la que tiene quién-sabe-cuántas reuniones en Palacio Nacional donde analiza vectores y toma decisiones de corto y largo plazos que impactan e impactarán en la vida de millones de ciudadanos. Unos más preferirán a ambas o a ninguna. Como sea, incluso a los más pobres de análisis dentro de la oposición les beneficia que esas dos Claudias puedan mantener sin sobresaltos –como hasta ahora– las complejas variables de un país como el nuestro.
Rara vez alguien o algo requiere a las dos Claudias. Donald Trump, supongo, sí exige la concentración de ambas. También lidiar con crisis de seguridad, sociales, económicas o políticas: las dos Claudias están allí. Pero yo no quisiera estar en la atención de las dos Claudias en la manera en que la tienen ahora mismo PT y Verde. Y supongo que Ricardo Salinas Pliego también exige cierta atención de las dos, no siempre pero de cuando en cuando, por su característica de tumor maligno que reta, que intenta expandirse por el cuerpo y que se siente inmune a una cirugía mayor.
Dos
Tenemos un problema: Cuba. Es curioso que la isla procura ser discreta y no meterse en problemas en este vecindario gobernado por perros rabiosos y sin correa, pero está en medio de todo –no sólo geográficamente– desde hace muchas décadas. A finales de los 1950 decidió liberarse del dominio colonial estadounidense y emprender su propia aventura. Desde entonces es aplastada económicamente por el imperio. La derecha suele decir que es el ejemplo de que “la izquierda no funciona” cuando claramente es el ejemplo de cómo la derecha, perversa y manipuladora, puede destruir un país entero y a todos sus habitantes si fuera necesario sólo por atreverse a declarar su libertad. A la derecha le encanta apuntar hacia Cuba y gritar: “¡Miren, miren, cómo se revuelca!” Le arrancan las alas a un pájaro y piden que todos veamos su dolor. Es perverso.
Pero Cuba es un problema para México y es un problema amoroso (de todos los muchos problemas que tiene nuestro país). El mexicano ama a Cuba. Ha sido, para todos los gobiernos (salvo los más pinches) una reserva moral. Puede estar todo yéndose al carajo; el abismo puede estar llamándonos a otro abismo y a sus caudales de lumbre, pero lo de Cuba es cosa aparte. Salvo una bola de malnacidos que se sienten yanquis pero serían vomitados por los propios yanquis, millones queremos a Cuba como si fuera una pista certera de un hijo perdido.
Cito a Cuba como oportunidad para detallar a las dos Claudias. Una dirá, en la mañanera, que le vende petróleo a Cuba y quisiera recuperar la venta. Pero la otra, la Claudia política, discretamente se doblará de dolor. Es hija y es abuela, pero principalmente es madre: allá hay hambre: ¿qué ser perverso no podría conmoverse de un hijo con hambre? Allá hay necesidad: ¿qué enfermo del alma puede no quebrantarse frente a la necesidad? Y acá hay convicción. La Claudia que vende petróleo no hablará de ese tema pero ver el sueño roto de una sociedad justa rompe a la otra Claudia. Seguramente la rompe y hace lo que puede y debe para ayudar. Porque yo se que lo hace, aunque nadie me lo ha confirmado.
Tres
Por allí anda el PT lloriqueando que no se qué, culpando a no se quiénes de “guerra sucia”. Los líderes petistas sacaron a pasear su mezquindad y arrogancia. Es apenas eso. Tampoco es tanta cosa.
Le recuerdo al PT de un tren que nació en el corazón de la gente y cruzó de costa a costa y de frontera a frontera este país, y que en diez años tomó ciudades y pueblos y rancherías y estados y tomó Los Pinos para convertirlo en parque. Le recuerdo de ese tren, electrizado por los bríos, por muchos bríos que en la trompa llevaba a Andrés Manuel López Obrador. Y le recuerdo al PT lo ridículo que se ven los restos del PRD frente a tremendo empuje de la máquina de hierro; un empuje para libros de texto; un empuje que hace ver a los enanos experredistas como ratas minúsculas que esperan la madrugada para saciarse con las sobras de la sociedad.
Y atrás, acompañando la épica que será contada, iba el PT lanzando confeti. Y está bien. Alguien prende el carbón de la máquina y alguien lanza serpentinas porque todos tienen una tarea. El PT tuvo la suya. Que nadie lo olvide y que no lo olvide el PT, que ahora usa el poder que le dio ese tren para defender curules y dinero; ahora usa el poder para defender las peores causas. Tampoco es tanta cosa. Es mezquindad y arrogancia y la mezquindad y la arrogancia en un partido político suelen pagarse en las urnas y a otra cosa. El PT sabe que hay varios ejemplos.
Cito al PT y agrego al Partido Verde como oportunidad para detallar a las dos Claudias. Ya tienen la atención de las dos y ninguna de las dos se espanta. Les recuerdo de un tren que viene del corazón de hombres y mujeres y les recuerdo que en la trompa iba López Obrador y ahora van las dos Claudias. Cuidado. No se acuesten en las vías.
Cuatro
Vivimos una época de extremos. De polos. Como en la Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. Compartirles el primer párrafo me resulta inevitable:
“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo”.
Hay un polo que lleva a la locura, a las tinieblas, a la desesperación. En ese polo se sientan personajes como Netanyahu, Trump, Milei, Bukele y otros viejos conocidos con el mismo dedo suelto en el gatillo, como Putin, Aznar, Calderón y otros muchos que compran palomitas para el espectáculo sangriento o las venden, como varios países de la Europa, con su rey provisto de robustas mandíbulas y su reina de cara muy fea, como lo describiría el mismo Dickens.
Y en esta época de extremos, México está parado en medio. Es por necesidad. Somos vecinos de una fuerza que, pudiendo hacer el bien, ha decidido hacer el mal. Estados Unidos se convirtió en una teocracia judeocristiana que simula ser democracia. Cualquiera diría: allá ellos. Pero no. Trump es un ser maligno. Cualquiera diría: allá Trump. Pero no. Es el Presidente de una potencia nuclear que algunos dicen que se está desmoronando y yo quisiera que no se desmoronara, que su dios judeocristiano tuviera compasión porque no es Sodoma y Gomorra: en Estados Unidos hay gente buena y noble, empezando con millones de mexicanos y mexicoamericanos que dan y han dado su juventud en los campos y en las ciudades a cambio de una vida razonablemente mejor.
En estos tiempos de extremos, a la Presidenta mexicana le toca estar de pie frente a la bestia. Hacerla entrar en razón. Es un ser horrible, una mala persona. Desagradable como una cucaracha. Pero alguien tiene que hacer el trabajo de llevarla en paz con él. Durante la cumbre de arrastrados latinoamericanos de ultraderecha intentó ridiculizarla. Imbécil. La imitaba. Movía sus manos ridículamente pequeñas frente a él mientras la imitaba. Dos veces imbécil.
Cito a Trump como oportunidad para hablar de las dos Claudias. Una, de plano, debe ver de lejos. La otra, la técnica, la científica, debe llevar esa relación. Es complicado pero es mejor no llevar a Trump a la plaza pública, a los terrenos de la otra Claudia. Cabeza fría. Millones de mexicanos le dedicamos una mentada a todas horas a ese personaje horrible, pero la Claudia técnica debe empujar el TMEC, mantener la relación, apostar a que sigamos vendiéndole miles de millones de dólares al mes a esa nación y que nos vendan miles de millones de dólares al mes para mantener una balanza estable. Y para dar empleos. Y para alimentar el PIB. Y para no desandar lo que ya está encaminado.
Dos (o más) personalidades armonizan en la Presidenta de México y con Trump necesitamos que domine la técnica. Rara vez alguien o algo requiere a las dos Claudias y este tipo requiere la concentración de ambas pero la operación de una. La otra que creció en una familia de izquierda, que abrevó de líderes sociales y es su conciencia nos cae mejor a muchos, a millones. Pero por ahora necesitamos a la otra: la fría, la que no se ríe o se ofende ni se toma las cosas personales; la que sabe que debe defender a México y debe pensar en Cuba porque, como decía mi general Lázaro Cárdenas y como repitió el mismo López Obrador este sábado, el destino de la isla es, también, nuestro destino.
@paezvarela