El último coletazo del dinosaurio

El último coletazo del dinosaurio
Jesús Olmos
Máscaras

Máscaras escribe Jesús Olmos

Casi al borde de la extinción, el dinosaurio, el más añejo y arcaico animal de su especie, da su último y violento coletazo.

Está tan desorientado que practica la autofagia. En su último intento por sobrevivir, se avalancha contra lo que queda, aunque sean sus propios restos.

Parece que se resiste, pero está desapareciendo de la faz de la tierra y amenaza como nunca con llevarse lo que pueda en su caída al abismo.

El dinosaurio, acuerpado en una larva embrutecida, prepotente, cínica y machuchona, camina viejo, osco, destrozado por el paso de los años.

Ya no es aquel dinosaurio omnívoro que se abalanzaba contra todo lo que se le oponía o lo que se le resistía, ofreciendo siempre jugosas promesas de un paraíso donde solo él habitaba.

Quedaron atrás los tiempos multitudinarios, donde solo un pequeño respiro alentaba a las multitudes o un gruñido las eliminaba desde las lejanías, a palos, las desaparecía a donde nunca se les pudiera hallar.

El dinosaurio palidece, estuvo enfermo de poder en su último arranque de vigor. Se lo acabaron sus propias enfermedades, su cuerpo corrompido cedió, sus brazos antes vigorosos y rebosantes, se abandonaron de fuerza y agilidad, ya no tuvo como responder. Sus piernas ya no tuvieron fuerzas para sostenerlo, se quebró desde su estulticia y falsa moralidad.

Su cerebro se quedó sin materia, le sobrevivo una furia incontenible, el odio acumulado por lo que fue y lo que ya no es, la impotencia de no entender los nuevos tiempos, la nueva realidad, de querer vender cuentos y olvidar -cómodamente- sus horrores.

Pero en su último suspiro, el dinosaurio enfurecido por el abandono de sus engendros, pequeños animales políticos que juegan a que ostentan aquel monopolio del poder y la fuerza, amenaza con un último acto de barbarie, un sacrificio para beneplácito suyo y oscuridad de los otros.

El dinosaurio nunca supo perder. El triunfo le daba plenitud, repartía pequeñas porciones de su presa y en la derrota no sabía cómo frenar sus hemorragias. Ahora que su propia sangre lo abandona y lo usa como trampolín hacia una nueva vida, se exhibe desnudo, hueco y vulnerable.

Muchos no creímos alcanzar a ver la era de la extinción del dinosaurio, esa estructura partidista que se dice habitar en algún rincón de cada habitante de este país, pero que no es más de un sello podrido de una historia repleta de contradicciones.

En su último coletazo, este dinosaurio -que tiene como representante a una larva muy bien teatralizada en el personaje de Alito Moreno-, se come a sí mismo cuando habla de un oscuro personaje como Manuel Bartlett ligado al homicidio del agente de la DEA, Enrique “Kiki” Camarena, porque omite que Bartlett era secretario de Gobernación de un Gobierno emanado del partido que lleva tatuado en el pecho.

Y en su última andanada violenta, este virulento mal logrado e inmaduro insecto (véase la definición de larva), amaga con la llegada de más violencia, más radicalización, más golpes y una desconexión total con el suelo. El llamado Alito, amaga con implantar “horas oscuras” para el país y sus habitantes, con desparpajo y cinismo, se dice dispuesto a lo que sea y ya lo vimos que incluso se dice y presume estar dispuesto a matar.

 

@Olmosarcos_