Lunes, 09 Marzo 2026 20:32

Edad y el machismo

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Machomenos escribe Israel León O’Farrill 

Palabras clave: machismo, edad, pretexto, incomprensión, diálogo.

Estoy a punto de cumplir 56 años, una eternidad a ojos de mis estudiantes de preparatoria; no tanto para los de licenciatura, pero me han dicho que no se imaginan llegar “hasta allá”. Por supuesto, recuerdo que, a su edad, ni siquiera me imaginaba cómo alcanzaría esta edad, ¿bien?, ¿sano?, ¿siendo padre, abuelo? Con fortuna o sin ella, mucho de eso ha llegado y mucho no. 56 años es una edad suficiente como para establecerse, saber qué se espera de la vida y tenerlo todo controlado; a esta edad, se supone que uno avanza sobre el rumbo que se trazó años atrás y se camina firme, sobre una moral definida, con hartas certezas y sin cuestionamientos. Vamos, que a esta edad, ya se sabe lo que se quiere, cómo obtenerlo y de quién. Por tanto, una persona de mi edad ya no cambia, no necesita hacerlo, ¿para qué? Y, sin embargo, como se suele decir, una vez que uno tiene las respuestas, el presente nos cambia las preguntas.     

En efecto, de joven, nunca imaginé que estaría escribiendo una columna sobre masculinidades a mi edad. Y, sin embargo, gracias a que me he venido cuestionando una enorme cantidad de aspectos de mi vida y de mi entorno académico y social, hoy puedo decir que me encuentro con la enorme certeza que me brinda el saber qué es lo ya no quiero para mí y para mis personas cercanas; pero también gozo de la maravillosa incertidumbre que me da este universo caótico, entrópico y fascinante en el que me desenvuelvo. Por tanto, tú, que estás leyendo esto y ya estás a punto de tramitar tu credencial del INAPAM, no puedes poner de pretexto la edad para ejercer cambios de pensamiento y acción. Estas reflexiones me vienen de ver el creciente conservadurismo que manifiestan mis jóvenes estudiantes, motivado sin duda por sus entornos; sus padres, quizá más jóvenes que yo o de mi edad, es muy posible que no hayan tomado los cambios con la misma ligereza con la que yo lo hago. De hecho, como bien dice la periodista española Pepa López en el artículo “Cómo explicar el machismo adquirido a nuestros mayores: mi truco para no perder la paciencia en conversaciones incómodas”, publicado en el portal Trendencias, las “generaciones anteriores a los millennials fueron educadas en un modelo de género más rígido: los hombres son proveedores y las mujeres cuidadoras. Punto. Unas normas sociales profundamente arraigadas en las que la revisión de privilegios o la vulnerabilidad no formaban parte de su identidad. Esto fue un campo de cultivo para que los micromachismos se volvieran cotidianos, una costumbre que los padres y abuelos tienen tan arraigada que cuesta mucho, décadas después, sacudirse de encima”. Por supuesto, nosotros formados antes que esos jovenzuelos millenials, pasamos aceite al enfrentarnos a dilemas como los que nos plantean las comunidades LGTBIQ+ y sus múltiples expresiones; o qué decir del poco deseo que tienen muchos jóvenes de hoy de tener pareja y mucho menos de procrear; o de los enormes avances que se han logrado en materia de género, lo que nos hace pensar que el mundo ya no es como lo fue -pensamiento harto ruco- y que debemos reconocer y aceptar tales cambios irreversibles como algo positivo, no como imposiciones o escandalosas “faltas a la moral”. No, en verdad pienso que no se puede argumentar la edad para evitar comprender, aceptar y apreciar a los demás.

Para colmo, como afirma López, esto “es aún peor cuando lo que intentas es razonar con un hombre y no, no estoy encasillando. Los ideales masculinos de R.W.Connell y las normas restrictivas de la emocionalidad masculina hacen mucho más difícil para ellos cuestionar claves de género: lo perciben como un ataque personal, una crítica destructiva y una identidad social amenazada que deben defender. En otras palabras, 'fragilidad masculina' en todo su esplendor”. Cierto, ¿cuántos varones, de cualquier edad, están dispuestos a reconocer que todo aquello que les dio estructura en algún momento, es lo que les hace ser violentos, agresivos, posesivos, celosos, dominantes… en una palabra, “frágiles”? El reto está en, por ejemplo, observar las marchas del 8M, sin lanzar un “descaradas”, “revoltosas”, “hay otras formas”; también en convivir con hombres, mujeres, gays, lesbianas, trans, no binarios, asexuales, therians y lo que se acumule, sin muecas, sin miradas agudas o frases ácidas, viendo, frente a uno, simplemente a otro ser humano. Quizá ahí está el dilema, en reconocer en esos otros seres, otras vidas como la mía, con deseos, anhelos y sentires, con derecho total a existir. Ese deseo de estar con esa maravillosa alteridad me lo ha dado la edad. Mirando atrás, me reconozco mucho más conservador de joven y he madurado siendo quizá más abierto a comprender el mundo como lo que es y a no anquilosar mi mirada con el lastre de lo “correcto”.  “Muchas veces -dice López-, cuando tratamos de explicar a padres o abuelos qué son los micromachismos, la conversación escala rápidamente, cargándose de frustración, acusaciones y falta de entendimiento. Por eso, en mi experiencia y en la de muchas mujeres de mi entorno, comprender su propio contexto histórico ayuda a alimentar la paciencia y la comprensión. No para darles la razón, pero sí para entender desde dónde hablan”. Sí, indudablemente, pero como se suele decir, la puerta gira para ambos lados. ¿Será tan difícil que nosotros, rucos en potencia, y los que ya lo son, podamos ver el presente sin hacerlo con la nuca? No, lo reitero, la edad ya no puede ser pretexto para justificar nuestros prejuicios y violencias.      

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