Lunes, 10 Junio 2024 22:41

Jefas

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Machomenos escribe Israel León O’Farrill

Palabras clave: machismo, jefatura, desigualdad, inseguridad, sexismo

Se aproxima un cambio importante en el país que bien puede llevarnos a que sea estructural. Me refiero a que, con el triunfo de Claudia Sheinbaum, la presencia de las mujeres en cargos de alto nivel podría perfectamente quedar normalizada. Sí, por más absurdo que parezca, esto no es algo que se encuentre generalizado en el mundo. De hecho, como se menciona en el artículo ¿Qué porcentaje de jefes y jefas hay en las empresas?, publicado en el portal de El Orden Mundial,  “Una y otra vez, las mujeres chocan contra una barrera invisible que restringe su progreso y su ascenso en el ámbito laboral. Es un fenómeno difícil de detectar, pero no de cuantificar: en la UE, solo uno de cada tres jefes es mujer. Por si fuera poco, las jefas cobran un 23,4% menos que sus compañeros de dirección, es decir, por cada euro que gana un hombre jefe, una mujer cobra 77 céntimos. (…) Las razones detrás de esta desigualdad son el sexismo, como el considerar que la capacidad de mando es solo cosa de hombres; el reparto desigual de las responsabilidades familiares, principalmente del cuidado de los hijos, que recae en mayor medida sobre las mujeres independientemente de su situación laboral; y las políticas de empresa, que dificultan la conciliación familiar y la flexibilización de horarios”. Estos datos nos hacen ver que el machismo en todas sus expresiones, incluida la laboral, dista mucho de estar desterrado, incluso en países que considerábamos más “avanzados” como los europeos pertenecientes a la Unión Europea. Como lo comenté en la columna anterior, al parecer en México estamos preparados para ser gobernados por una mujer. Bien, al menos ese fue el sentimiento en las urnas el pasado 2 de junio. Pero en nuestra vida cotidiana ¿eso sucede?

Llevo años sin preocuparme del género o la orientación de quien lidere mi espacio de trabajo. Para mí importan más sus capacidades y calidad humana, que su género, aunque he de decir que en este mundo machirrín en el que vivimos, hombres y mujeres han sido construidos en términos machos y es posible que el género sí signifique estilos de llevar las riendas. He tenido hombres, hombres homosexuales y mujeres jefes y jefas. Todas y todos tuvieron en su momento actitudes machistas a la hora de llevar el espacio de trabajo. Yo mismo fui jefe en algún momento y pienso que hice lo que pude para evitar prácticas machas, pero es posible que se me colara una que otra; como lo he dicho, yo también he sido construido en términos machos. Como sea, no recuerdo haber tenido problema en relacionarme con mujeres jefas en mi vida laboral o en cualquier otro espacio en que una o varias mujeres hayan sido autoridad (en el deporte, en las artes marciales, por ejemplo), por lo que para mí no hubo ni hay problema con que exista una mujer presidenta. De hecho, hoy dirige mi Facultad (FFyL de la BUAP) una mujer -la Dra. Josefina Manjarrez- cosa que me parece totalmente normal. La apoyé en el proceso de elección para el cargo (en la BUAP se eligen los principales cargos) por su trayectoria, sus capacidades académicas e investigativas y, sobre todo, por su excelente calidad humana. No tengo empacho en llamarla mi directora o mi jefa pues, como lo he dicho, para mí es normal. De hecho, hace unos años elegimos a nuestra primera Rectora en la Universidad, la Dra. Lilia Cedillo. Ya he trabajado bajo la dirección de mujeres en el ámbito académico y la experiencia ha sido disímil -cosas positivas y negativas-, tanto como lo puede ser cuando se trata de un varón.

Considero que debiéramos caminar hacia un mundo donde las diferencias de género no importaran a la hora de tomar decisiones, pero para ello falta todavía mucho. Como se ve en el artículo antes citado, “las mujeres que consiguen ascender a un puesto directivo acusan más la presión y la exigencia a los que están sometidas: las jefas se divorcian más que los jefes, pues, mientras que para ellos la familia es un apoyo en su carrera profesional, para ellas es una fuente de tensión entre el hogar y el trabajo. Además, a la hora de ejercer labores de contratación, despido o fijación de salarios, las mujeres jefas tienen un 9% más de posibilidades de sufrir depresión que sus compañeras que no ocupan puestos de mando. Por el contrario, en el caso de los hombres, la autoridad que otorga la capacidad para despedir y contratar reafirma su confianza y reduce en un 10% sus síntomas depresivos”. Todo ello es producto del mundo patriarcal en el que vivimos, no sólo los modos y las prácticas de liderazgo, sino la manera en que se asumen las consecuencias de ese accionar, como deja ver esta cita. Obviamente también la calificación o descalificación de las decisiones por parte de externos o subordinadas o subordinados viene determinada por el género de quien administre el lugar. Es necesario que aprovechemos este estupendo momento, incluida la presidenta electa, para contribuir a la edificación de nuevas relaciones laborales y humanas que permitan torpedear el machismo y realizar los cambios estructurales de los que hablo. Mucho depende de ella, sí; pero indudablemente también de nosotros, de la forma en que observaremos y juzgaremos su desempeño. ¿Jefa, jefe, jef@? ¡¿A quién le importa?! Siempre y cuando ejerza con honestidad, propuesta y calidad humana, lo demás, es lo de menos.     

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